Lo que nuestra boda me enseñó sobre el presupuesto (y por qué no volvería a empezar por los números)

Tiempo de lectura: 4 minutos

Cuando mi pareja y yo decidimos casarnos, teníamos una idea bastante clara de cómo queríamos que fuese nuestro día.
No soñábamos con una boda enorme ni con una celebración llena de protocolos. Nuestra familia no es especialmente grande, así que sabíamos que seríamos unas 80 personas. Queríamos un ambiente relajado, cercano y sin demasiadas normas. Una boda en la que nuestros invitados pudieran disfrutar, conversar y sentirse cómodos.

Y, por supuesto, también teníamos un presupuesto.
Lo que no teníamos era ni idea de lo que realmente costaba organizar una boda.

Recuerdo perfectamente la sensación de empezar a pedir presupuestos y descubrir un mundo completamente nuevo. Hasta ese momento nunca me había parado a pensar cuánto podía costar un catering, alquilar una masía o contratar a un fotógrafo.

Fue un auténtico baño de realidad.

No porque quisiéramos una boda de lujo, sino porque muchas veces los números estaban muy lejos de lo que imaginábamos.

Con el tiempo entendí que el problema no era el presupuesto.
El verdadero reto era decidir en qué merecía la pena invertir.
Y esa es, probablemente, la lección más importante que me dejó organizar nuestra boda.

Empezamos imaginando cómo queríamos sentirnos

Antes de buscar proveedores, había una idea que teníamos muy clara.
Queríamos que la gente estuviera a gusto.

No queríamos una boda rígida ni una celebración en la que todo estuviera perfectamente milimetrado. Queríamos compartir tiempo con nuestra familia y nuestros amigos, disfrutar de cada momento y sentir que aquel día hablaba de nosotros.

Esa idea fue mucho más importante que cualquier tendencia o cualquier decoración.
Y, sin saberlo, acabó guiando todas las decisiones que vinieron después.

Elegimos primero el catering… y después llegó el espacio

Puede parecer extraño, pero el primer proveedor que contratamos no fue la masía.

Fue el catering.

Habíamos valorado incluso hacer una gran barbacoa porque nos gustaba la idea de una celebración informal. Pero enseguida me di cuenta de algo: no quería que, precisamente ese día, hubiera familiares o amigos pendientes del fuego, de la comida o de que no faltara nada.

Si invitábamos a la gente era para disfrutar con ellos, no para que trabajaran.

Buscando opciones encontré un catering que ofrecía exactamente el concepto que imaginábamos: una comida tipo cóctel, mucho más dinámica y relajada que un banquete tradicional.

En otras reuniones nos hablaban de menús con entrantes, primero, segundo, postre… e incluso recuerdo que una vez nos ofrecieron un prepostre. Salí de aquella reunión pensando que acababa de descubrir un universo completamente desconocido para mí.

No era mejor ni peor. Simplemente no era nuestra boda.

Fue precisamente el responsable del catering quien nos recomendó varios espacios con los que trabajaban. Y, casi por casualidad, nos habló de una masía que acababan de sugerirles unos días antes.

Ese mismo día fuimos a verla.

Y terminó convirtiéndose en el lugar donde celebramos nuestra boda

No todo tiene que ser «todo o nada»

Hubo una decisión que me costó mucho entender al principio.
El fotógrafo.

Sinceramente, me parecía un gasto innecesario.
Hoy todo el mundo lleva un móvil en el bolsillo y, además, la idea de tener a alguien siguiéndonos durante todo el día, hacer una preboda o pasar horas posando delante de una cámara no iba con nosotros en absoluto.

Fueron unas amigas las que me hicieron cambiar de opinión.

Me dijeron que quizá no necesitábamos un reportaje completo, pero que sí agradeceríamos tener algunos recuerdos profesionales.

Y tenían razón.

Encontramos una fotógrafa que se adaptó exactamente a lo que buscábamos.

Llegó cuando ya casi había terminado de prepararme, fotografió la ceremonia y el comienzo del cóctel y, después de unas tres horas, se marchó.

Hoy puedo decir que fue una de las mejores decisiones que tomamos.
No porque tuviéramos miles de fotografías.
Sino porque encontramos una opción que encajaba con nuestra forma de vivir la boda.

Aquello me enseñó que muchas veces no hay que elegir entre hacerlo todo… o renunciar por completo.

A veces existe un punto intermedio.

Lo que de verdad recuerdan las personas

También hubo cosas que preparamos con muchísima ilusión.

Los centros de mesa, por ejemplo.

Los hicimos nosotros mismos con botes de cristal y flores preservadas.

Llegó el día de la boda… 
Y se nos olvidó colocarlos.

Y, aunque ahora nos reímos al recordarlo, aquella anécdota me enseñó algo muy bonito.

Nadie nos habló de los centros de mesa al terminar la boda.

En cambio, sí hubo un detalle que emocionó muchísimo.
Los regalos para nuestros testigos.

En lugar de comprar un regalo estándar, quisimos crear algo que hablara de la historia que compartíamos con cada uno de ellos.

Para mi hermano y para la hermana de mi pareja elegimos fotografías de cuando éramos pequeños juntos. Para nuestro tercer testigo, uno de los mejores amigos de mi pareja, recuperamos una fotografía de los primeros años de su amistad jugando al pádel, un deporte que siguen compartiendo hoy.
Transferimos cada fotografía sobre tela, escribimos unas palabras personales y lo enmarcamos todo.

No fue el regalo más caro de la boda.

Pero sí uno de los más especiales.

Y, con el paso del tiempo, entendí que eso resume bastante bien lo que significa organizar una boda.


Las personas rara vez recuerdan cuánto costó un detalle.
Recuerdan cómo les hizo sentir.

Lo que hoy hago diferente como wedding planner

Todo este tiempo después, cuando una pareja se sienta conmigo para empezar a organizar su boda, nunca empiezo preguntando cuál es su presupuesto.

Empiezo haciéndoles otras preguntas.

¿Cómo imagináis vuestro día?
¿Qué no puede faltar?
¿Qué os hace ilusión?
¿Qué queréis que recuerden vuestros invitados cuando todo termine?

Porque, cuando tenemos claras esas respuestas, es mucho más fácil decidir dónde merece la pena invertir y dónde podemos buscar alternativas.

Mi propia boda me enseñó que una celebración bonita no necesita un presupuesto infinito.

Necesita prioridades claras.
Necesita decisiones conscientes.
Y necesita detalles que hablen de vuestra historia.

Si una pareja llega con un presupuesto ajustado, mi objetivo no es decirle a qué debe renunciar.
Es ayudarle a encontrar la forma de hacer realidad el mayor número posible de esas ideas que de verdad le hacen ilusión.

Porque, al final, una boda no se mide por todo lo que cuesta.
Se recuerda por todo lo que consigue hacer sentir.

Toda gran historia empieza con una conversación. ¿Hablamos?

 Si estáis empezando a organizar vuestra boda y queréis hacerlo sin perder de vista lo que de verdad importa, estaré encantada de acompañaros en el camino.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio